Pneumatología de la cotidianidad (III): Qué hacer con el nene.

Hay veces en que el tiempo es dúctil como la miel que uno se echa en la taza de té. A veces es un flujo constante y tranquilizador que proporciona pura estabilidad zen, otras es un plastón originado por un mal movimiento de muñeca que te endulza la bebida de tal manera que es sólo el orgullo de no tirar nada (y la conciencia ecológica) lo que te da fuerzas para terminarla. A mí me gusta la tranquilidad, ese chorrito de miel que va bajando por la cuchara y te deja el té en su punto. Yo, con menos de veintitrés años en este momento, viviría como un jubilado de lunes a viernes, a veces incluso de lunes a domingo. Esto podría sonar a autocomplacencia y onanismo melancólico, pero no: durante unas semanas viví esa vida de jubilado y me ha gustado. Ir a por el pan, desayunar, ir a la biblioteca municipal o descubrir las cafeterías locales (que generalmente sirven un café pésimo por culpa de la cultura del torrefacto) me relaja y me pone de buen humor. Hasta empecé a andar un poco más lento y con los brazos detrás de la espalda. 

Sin embargo, debo decir que por lo general, la rutina tampoco me es desagradable: saber qué hacer y tener tareas importantes pendientes me ayuda a ser productivo y a alejar otras tareas (generalmente compromisos de praxis social establecida) poniendo como excusa dicha rutina. Pero incluso en agenda bien organizada también hay tiempos para la ductilidad del tiempo. Para mí el lugar en que más sucede eso es el transporte público: es subir al metro y entro en un estado de aturdimiento muy agradable: me pongo la música, me pliego ligeramente hacia mi mismo (con las manos siempre en el bolsillo) y hasta cambio mis sentimientos con respecto al elevado calor humano que uno nota en los vagones. 

Pero hoy algo me saca de esa ensoñación. Se ha armado un barullo relativamente poco común que hasta ha provocado que me quite los auriculares. Por lo visto una niña pequeña ha empezado a vomitar de manera abundante por todo el vagón, provocando el pánico general. Yo río para mis adentros porque, al contrario que el vómito de adolescente que se puede encontrar uno en esos mismos vagones pero bastante más tarde, el vómito de niño es algo más natural, puro, dostoievskiano, amén de que probablemente un niño no vomite calimocho y un kebab de 2,50€. Aun así, evidentemente, prefiero mantenerme a una distancia prudencial mientras contemplo el espectáculo que se ha formado: los padres que no saben cómo lidiar con la situación, las caras risueñas y de asco de los pasajeros y, por último, un chico que mira la situación con mirada muy atenta, casi diríase que está escribiendo mentalmente sobre lo que está viendo. 

Dos paradas más tarde me bajo y, mientras espero el metro de transbordo, la batería de mis auriculares bluetooth muere. Eso me obliga a pasar tiempo conmigo mismo de un modo más activo, tengo que ponerme a pensar para pasar el rato y, con suerte, el siguiente metro tardará menos de seis minutos en llegar. Así pues, en pocos segundos mi imaginación ya empieza a dar saltos como loca en un canto responsorial con todos los estímulos que ha captado tanto intencional como accidentalmente. Y es casi inmediatamente que me pongo a pensar en la niña que ha vomitado, aunque es más correcto decir que la reflexión se centra más en la actuación de los padres en ese momento: parecían tan perdidos en esa situación y cargando un carrito de bebé extra que hasta los compadezco. Salto mental: Es cierto que esos padres concretos merecen cierta conmiseración y desde luego no ser juzgados severamente pero más cierto es todavía que la actuación de muchos padres en público, concretamente en el transporte público es de veras negligente. 

Mi señora madre me enseñó desde pequeño a comportarme en consonancia a lo que se podía pedir según mi edad pero siempre siendo tratado como cosa pensante y no sólo como cosa que está por ahí. Creo que ese es uno de los fallos en la educación que uno puede observar últimamente en público. Muchos dirán que qué voy a saber yo con 23 años y por lo menos a dos décadas de obtener el nivel salarial para poder criar a un retoño como Dios manda, pero al fin y al cabo son 23 años en que he formado parte de la ecuación cómo resultado, así que creo que siguiendo el esquema matemático, yo como respuesta puedo ayudar a desentrañar los factores que han hecho posible llegar a la misma. 

Pues bien, mi madre siempre me hizo partícipe de las normas de comportamiento cívico desde que tengo conciencia, siempre me ha enseñado a comportarme, ceder mi asiento en el transporte público, etc. Que conste que yo no soy de los típicos que dice que su madre es la mejor del mundo, porque obviamente decir eso no es un enunciado apropiado en una argumentación seria, pero nadie que conozca a mi progenitora puede negar que está en un sólido Top 20 del mundo, a espera de que se organice un concurso para que pueda demostrarse esa afirmación e incluso, con un poco de suerte, obtener un resultado en el Top 15. 

El metro, el bus, en eso estábamos. Cómo he dicho, son espacios que me relajan en tanto que no-lugares, pero a la vez me pongo de los nervios cuando observo (entre otras cosas) negligencias paternas. Y en este caso me refiero a negligencias educativas que, en última instancia son motivadas por falta de cierta disciplina, derivada a su vez por una falta de implicación paterna en general. Cuántas veces habremos visto a niños comportándose como orangutanes en lugares públicos. Pero cuidado, yo aquí no condeno un necesario comportamiento simiesco de los niños, es lo normal y es bonito, pero creo que tal vez se debería limitar al símil con el macaco: son casi inofensivos y de vez en cuando hacen una trastada divertida como robarte las llaves de casa. 

Pero la falta de disciplina no viene sólo de la dejadez de los padres, al contrario. Últimamente he observado una tendencia que hace relativamente poco Amélie Nothomb describió muy bien en El crimen del Conde Néville cuando explicando la relación paterno-filial en la aristocracia moderna, la autora decía que los niños han pasado de venerar, respetar y temer a los padres a todo lo contrario, siendo los padres los que tienen entre algodones a los niños y son objeto de reverencia y casi temor. Aunque esta manera de poner las cosas sobre la mesa sea un poco dramática creo que es cierto y extrapolable a la sociedad contemporánea más allá de la aristocracia. Un ejemplo: cuando yo tenía unos 5 años, mi madre me obligaba siempre a ceder mi asiento a alguien que lo necesitaba más que yo, mientras que hoy en día lo que observo es todo lo contrario, puesto que los padres se desviven por encontrarle un sitio a sus nenes (incluso adelantándose para que ancianos no puedan sentarse en dicho lugar), nenes que por lo visto no pueden aguantar 10 minutos de pie cuando su estado de movimiento natural es el correteo (y de nuevo, qué bonito es esto). 

Podría poner mil ejemplos mal (bueno, mil no, pero por lo menos siete sí) pero ya creo que se entiende el punto. ¿Qué hacer? ¿Volvemos a los tiempos de disciplina férrea? Podríamos probar a volver a incorporar la agogé espartana, el sistema de educación cuyo primer paso era la eugenesia rudimentaria basada en despeñar a los bebés con alguna tara. Lo que seguía eran siete años de disciplina férrea y vida austera en casa con nulas muestras de cariño hasta que los infantes varones eran llevados a cuarteles militares estatales donde la disciplina se endurecía aún más y se centraba en la formación de valores de colectividad y jerarquía, todo junto a entrenamiento físico constante y una concisa y pragmática educación intelectual. Por su parte, las niñas también eran entrenadas en disciplina y la orientación de la educación iba encauzada a la eugenesia en tanto que fortaleza física de las futuras madres. 

Este sistema educativo obviamente atenta contra los Derechos Humanos y, salvo ciertos nostálgicos de los sistemas autoritarios o algunos individuos que hayan hecho la mili en Ceuta y piensen que la juventud de hoy en día está agilipollada por no haber realizado dicho periodo de educación militar, creo que nadie abogaría por implantarlo. ¿Qué hay entonces de la educación basada en una disciplina férrea a nivel intelectual? Pongamos el ejemplo de Michel de Montaigne: cierto que acabó no sólo creando el género del ensayo y siendo uno de los buena onda de la historia de la filosofía, pero a pesar de todo su primera educación fue bastante disciplinada. Nacido en alta cuna, en su tierna infancia su padre lo llevó a vivir con una familia campesina para que conociera la pobreza. Tiempo después, de vuelta ya de vuelta en el château familiar su educación se volcó en los valores humanistas llevados al extremo: además de constante contacto con el saber, su padre decidió que la lengua materna del pequeño Michel iba a ser el latín, algo ya bastante inaudito en el siglo XVI. El francés, pues, sólo lo aprendió más adelante y nunca como lengua materna. 

Aquí debo hacer una confesión: yo estoy un poco desencantado con el mundo intelectual de hoy en día. Si bien es cierto que se ha expandido a nuevos saberes (o revisado los mismos) y a una muy fructífera interdisciplinariedad, soy un nostálgico de cierta rigidez clásica en los estudios (sobre todo en el compromiso que pone el estudiante). Sin embargo, también debo entonar el mea culpa, puesto que inevitablemente existiendo tantas alternativas a nivel profesional y de ocio uno ya no sabe ni en qué centrarse. Aun así, creo que volver a dicha rigidez sería desastroso tanto por lo que conlleva a nivel académico como sus consecuencias sociales, básicamente la re-instauración del clasismo intelectual rancio (a pesar de que el clasismo intelectual sigue existiendo y está bien fuerte, solamente que bajo otro aspecto). 

Pues al final el trayecto hasta mi casa tampoco es tan largo sin auriculares, mira qué bien. Llegados a este punto un servidor ha pensado bastante en el asunto de la educación de los niños (y no sólo en estos 17 minutos) y, a pesar de que es difícil ser categórico y encontrar una clara línea a seguir, creo que, tal y como nos enseñaron en la ESO a hacer un for and against essay, la conclusión está al principio de esta pequeña disertación: los niños no son ni seres que están haciendo la fotosíntesis ni objetos de devoción que haya que mantener en una burbuja como si fueran una reliquia de un santo católico y que hay que consentir para que no lloren. Los niños son simplemente seres como el escritor del artículo y como el lector que lo está leyendo pero en un estadio previo, estadio de descubrimiento, adquisición de nuevos conocimientos (sí, también con el sistema de prueba y error) e interacción con el mundo. 

En definitiva, no estoy como para dar lecciones de nada a nadie, pero queridos presentes-futuros-pasados padres, no hace falta moler a palos a nadie ni tratar de convertir al nene en la reencarnación de Winckelmann, pero al menos traten de educarlo en tanto que Homo Sapiens que vive en comunidad. Gracias de parte de los usuarios de Transports Metropolitans de Barcelona.